Llega la designación, cambia la agenda y también desaparecen algunos amigos
Hay políticos que, antes de ser nombrados para un cargo, conocen a todo el mundo. Contestan llamadas, responden mensajes, participan en reuniones, saludan en la calle y hasta parecen tener tiempo para escuchar los problemas de cada persona que se les acerca.
Pero ocurre algo curioso: llega el nombramiento y aparece una enfermedad repentina.
No es dengue, tampoco gripe ni COVID. Es una condición mucho más particular: “no tengo tiempo para nadie”.
De repente, el teléfono que antes nunca dejaba de sonar comienza a convertirse en un adorno. Los mensajes quedan en visto, las llamadas pasan directamente al olvido y aquella persona que durante meses tenía tiempo para conversar ahora vive atrapada en una agenda supuestamente imposible.
Y cuando alguien intenta comunicarse, aparece otra protagonista de esta curiosa enfermedad: la secretaria. “Está en una reunión”, “ahora mismo no está aquí”, “salió un momento” o “tiene la agenda llena” suelen convertirse en las respuestas habituales. Lo increíble es que, antes del nombramiento, encontrar al político parecía mucho más sencillo que después de ocupar el cargo.
La secretaria, por supuesto, cumple con su trabajo y no tiene responsabilidad alguna sobre las decisiones de su jefe. El problema aparece cuando la agenda se convierte en una especie de muralla entre el funcionario y las personas que alguna vez tuvieron acceso directo a él.
Entonces comienza una especie de peregrinación burocrática. Primero se llama al teléfono que antes contestaba inmediatamente. Nadie responde. Se deja un mensaje. Tampoco hay respuesta. Se intenta nuevamente al día siguiente. “Está reunido”. Se espera unas horas. “Salió a una actividad”. Se vuelve a llamar al día siguiente. “No se encuentra en la oficina”. Y cuando finalmente parece existir una posibilidad de contacto, llega la frase definitiva: “Tiene la agenda completamente llena”.
Lo verdaderamente dramático no es que un funcionario tenga mucho trabajo. Lo dramático es que parezca haber olvidado a las personas que estuvieron antes de que llegara el nombramiento.
Porque nadie pretende que un funcionario abandone sus responsabilidades para atender llamadas personales todo el día. Lo que sorprende es el cambio radical: ayer había tiempo para una conversación de media hora; hoy ni siquiera existe un minuto para devolver una llamada.
Y ahí comienza la pregunta que muchos se hacen en silencio: ¿qué cambió? ¿La persona o el cargo?
Quizás cambió el escritorio. Quizás cambió el número de personas que esperan ser recibidas. Quizás aparecieron asesores, reuniones, protocolos y una agenda que antes no existía. Pero, si cambió también la manera de tratar a quienes ayudaron a construir el camino, entonces el problema no está en la agenda: está en la memoria.
La transformación suele ser sorprendente.
Antes del nombramiento:
—“Llámame cuando quieras.”
—“Aquí estamos para servir.”
—“Cuenta conmigo.”
—“Tenemos que reunirnos.”
Después del nombramiento:
—“Estoy en una reunión.”
—“Estoy viajando.”
—“Déjame ver si puedo sacar un espacio.”
—“Ahora mismo estoy complicado.”
Y lo más curioso es que, en muchos casos, el cargo no cambia solamente la agenda; cambia también el trato.
Aquellos que acompañaron, ayudaron, recomendaron, defendieron y estuvieron presentes cuando el político necesitaba apoyo comienzan a preguntarse qué ocurrió.
¿Será que el despacho tiene una puerta que automáticamente bloquea las llamadas de los amigos?
¿Será que el nombramiento viene acompañado de una agenda de 24 horas?
¿O será simplemente que algunos olvidan que los cargos públicos son temporales y que las relaciones humanas deberían permanecer?
El poder también pone a prueba
Un nombramiento puede ser motivo de satisfacción y reconocimiento, pero también representa una prueba de carácter.
El cargo público tiene una curiosa capacidad para revelar comportamientos que antes estaban ocultos. Algunos llegan a una oficina y conservan exactamente la misma sencillez; otros parecen necesitar varios días para acostumbrarse al sonido de su propio título. De pronto, el “compañero” se convierte en “señor funcionario”, el amigo pasa a ser “una persona que solicita audiencia” y quien antes entraba sin tocar la puerta ahora necesita atravesar tres filtros para conseguir cinco minutos.
Es entonces cuando algunos comienzan a padecer el síndrome de la oficina cerrada: puertas que permanecen cerradas, teléfonos que nunca se contestan y agendas que parecen tener más compromisos que horas tiene el día.
Porque ejercer una función pública no debería significar alejarse de la gente, sino acercarse todavía más a ella.
El funcionario que entiende el servicio público sabe que detrás de cada llamada puede existir una preocupación legítima, una propuesta, una oportunidad de colaboración o simplemente una persona que alguna vez estuvo ahí cuando él necesitó ayuda.
No se trata de pretender que un funcionario tenga tiempo para resolver todos los problemas ni de exigirle disponibilidad permanente. Eso sería irreal.
Se trata de algo mucho más sencillo: mantener la humildad y el respeto.
También se trata de recordar quién estuvo ahí cuando todavía no había despacho, secretaria, vehículo oficial ni tarjeta con un cargo debajo del nombre. Porque el poder suele atraer nuevas amistades, pero la verdadera lealtad se conoce antes de que llegue el nombramiento.
Un mensaje breve también comunica.
Una llamada devuelta demuestra consideración.
Un “ahora no puedo, pero déjame coordinar contigo” vale mucho más que desaparecer.
La memoria política suele ser corta
La política tiene una característica particular: quienes hoy están arriba pueden estar mañana abajo, y quienes hoy esperan en una antesala pueden convertirse mañana en quienes toman las decisiones.
Por eso resulta tan curioso observar cómo algunas relaciones cambian después de una designación. Personas que ayer compartían reuniones, proyectos, conversaciones y preocupaciones comunes hoy parecen pertenecer a mundos completamente diferentes. El nombramiento levanta una especie de muro invisible y, de un día para otro, aparecen nuevas prioridades y nuevas compañías.
Pero la política tiene memoria. Y las personas también.
Por eso, resulta poco inteligente construir relaciones únicamente alrededor del cargo.
El poder es pasajero.
Los nombramientos terminan.
Las administraciones cambian.
Pero la forma en que tratamos a las personas queda registrada en la memoria de quienes nos conocieron.
Quizás por eso convendría que algunos políticos, antes de asumir una nueva posición, recibieran una pequeña vacuna contra la enfermedad del “no tengo tiempo para nadie”.
La fórmula podría ser sencilla: humildad, memoria, gratitud y sentido de servicio.
Porque mañana puede ocurrir lo contrario. Puede llegar otro decreto, otra administración, otra decisión política. El despacho puede cambiar de ocupante y el teléfono oficial puede dejar de sonar. Entonces quizá aparezcan nuevamente aquellos amigos, compañeros y colaboradores de los tiempos difíciles.
Y habrá que explicarles por qué durante tanto tiempo la secretaria repetía que “estaba en una reunión”.
Quizás para entonces ya no haya reuniones que valgan como excusa.
Porque cuando se apagan las luces del despacho, cuando termina el nombramiento y cuando el teléfono vuelve a sonar como antes, probablemente serán las mismas personas que estuvieron cerca las que recordarán si el funcionario mantuvo los pies sobre la tierra.
Al final, el verdadero poder no está en lograr que todos te llamen; está en no olvidar a quienes estuvieron contigo cuando nadie tenía obligación de hacerlo.



