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El poder en el Estado es temporal: una lección que no debe olvidarse

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Logan Jimenez Ramos
Logan Jimenez Ramoshttps://lavozsincensura.com
Consultor en Comunicación Política, Relaciones Públicas, Periodista, Magister en Diplomacia y Internacional y Docente.

El poder en el Estado es, por naturaleza, transitorio. Ningún cargo es eterno, ninguna oficina es vitalicia y ninguna autoridad es absoluta. A lo largo de la historia, pensadores, escritores y líderes políticos han coincidido en una misma advertencia: el poder solo cobra sentido cuando se ejerce para servir.

El filósofo griego Aristóteles afirmaba que “el fin del Estado es la vida buena”, recordándonos que la razón de ser del gobierno no es el privilegio de quienes mandan, sino el bienestar de quienes son gobernados. Cuando el poder se separa de ese propósito, pierde legitimidad y se convierte en abuso.

Siglos después, Montesquieu, padre del constitucionalismo moderno, advertía que “todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él; es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”. Esta reflexión sigue vigente y subraya la importancia de la humildad, los límites y la responsabilidad ética en el ejercicio de la función pública.

Desde la literatura, Gabriel García Márquez describió con crudeza la soledad del poder y sus peligros, al mostrar cómo el encierro en la autoridad termina alejando al gobernante de la realidad humana. En esa misma línea, George Orwell advertía que “el poder no es un medio; es un fin”, cuando se ejerce sin conciencia moral, una tentación constante en los sistemas políticos.

Grandes líderes también dejaron enseñanzas imborrables. Abraham Lincoln, expresidente de los Estados Unidos, sostuvo que “casi todos los hombres pueden soportar la adversidad, pero si quieres probar el carácter de un hombre, dale poder”. Esta frase resume una verdad esencial: el poder revela quiénes somos realmente.

Por su parte, Nelson Mandela, tras ejercer la presidencia de Sudáfrica y luego retirarse voluntariamente, dejó una de las lecciones más nobles de la política moderna: “Un líder es como un pastor: se queda detrás del rebaño, dejando que los más ágiles vayan delante, sin que los demás se den cuenta de que están siendo guiados”. Mandela entendió que el poder no se impone; se ejerce con ejemplo.

Amigo funcionario, asistente o secretaria: recuerda que el cargo es pasajero. Hoy se decide, se firma y se ordena; mañana se entrega el puesto y solo queda la memoria. Los escritorios se heredan, pero la dignidad no. La gente no recordará el rango ni el protocolo, sino el trato recibido cuando más lo necesitaba.

El político y pensador Vaclav Havel, expresidente de la República Checa, lo expresó con claridad al afirmar que “el verdadero poder no proviene de la fuerza del cargo, sino de la fuerza moral de quien lo ejerce”. Servir con honestidad, escuchar con respeto y actuar con justicia es la única forma de dejar huella.

El poder en el Estado es temporal, pero el impacto humano es permanente. Aprovechar un cargo para servir es la más alta forma de liderazgo. Cuando el poder se va —porque siempre se va— que quede la tranquilidad de haber dejado memoria en el corazón de las personas y no resentimiento en su recuerdo.

Porque, como enseñó Mahatma Gandhi, “la mejor manera de encontrarse a uno mismo es perderse en el servicio a los demás”.

Logan Jimenez Ramos
Periodista, Magister en Comunicación Política Avanzada, Magister en Diplomacia y Derecho Internacional, licenciado Relaciones Públicas, y Docente.

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